Con todo el peso de un pueblo

15 de mayo de 1955

Luego de 22 meses de encierro, los asaltantes de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Cés­pedes, presos en la Cárcel Modelo de la Isla de Pinos, obtuvieron finalmente la amnistía después de ser condenados en la ciudad de Santiago de Cuba en octubre de 1953

Autor: Amaya Saborit Alfonso | O endereço de e-mail address está sendo protegido de spambots. Você precisa ativar o JavaScript enabled para vê-lo.

14 de mayo de 2014

Foto: Archivo

“Y por todo ese ingenio y solidaridad colectivos, junto a la firmeza ideológica, unidad y claridad en nuestra estrategia política, siempre con el pueblo, fue que pudimos triunfar”.

— Pedro Miret Prieto

Luego de 22 meses de encierro, los asaltantes de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Cés­pedes, presos en la Cárcel Modelo de la Isla de Pinos, obtuvieron finalmente la amnistía después de ser condenados en la ciudad de Santiago de Cuba en octubre de 1953. Fue el 15 de ma­yo de 1955 cuando se produjo la excarcelación, pero ello fue posible gracias a todo un proceso previamente organizado.

“Cuando creyeron que Fidel estaba totalmente aislado, ideamos diversas vías de comunicación (…) señales de mano que hacía con Raúl, junto a Fidel, de ventana a ventana, desde la celda donde ellos se encontraban y el pabellón donde estábamos nosotros. Después Raúl inventó sacar letras en cartones, luego funcionaron las pelotas de papel, que eran las más seguras y tirábamos de un patio a otro, y la otra vía más empleada con el exterior era la de los mensajes enviados dentro de tabacos, pero debía tenerse mucho cuidado, pues su portador tenía que salir o entrar con ellos encendidos (…) había que dejarlos como si fueran de fábrica”, señaló Pedro Miret Prieto sobre las estrategias durante el presidio.[1]
De esta manera es que saldrían La Historia me absolverá, trabajos, orientaciones y cartas escritos por Fidel con zumo de limón como tinta.

Esos fueron los primeros pasos. Luego vendrían la campaña popular contra la incomunicación de Fidel, la labor certera de sus segui­dores en el exterior del presidio, el desempeño —ba­jo orientación del líder de la Revolución— de Melba y Haydée en la publicación y distribución de su alegato de autodefensa La Historia me absolverá, en busca de que el pueblo conociera y tuviera, de una vez por todas, las pruebas de la masacre contra los asaltantes prisioneros de los sucesos del Moncada.

Decisivos resultaron también en esta faena los papeles del Comité de Madres de los Presos Políticos, luego Comité de Familiares y finalmente Comités Pro-Amnistía que —nacidos de esta circunstancia— mostraron abiertamente su inconformidad y lucharon hasta la saciedad por la excarcelación de los revolucionarios. Otros sectores identificados fielmente con los moncadistas fueron el Frente Cívico de Mujeres Martianas, los sectores juveniles radicalizados (procedentes de la ortodoxia y del movimiento estudiantil), la FEU de La Habana y Oriente, el Partido Socialista Popular y algunos periodistas que se mantuvieron firmes pe­se a la censura de la prensa.

La amnistía no fue nunca una decisión altruista del tirano, fue el resultado de todo un proceso valeroso de quienes seguían firmemente a Fidel y a sus principios revolucionarios. En medio del presidio, la labor constante de los Comités Pro-Amnistía crecía, y sobre todo de la mano de la distribución de La His­toria me absolverá que, sin dar siquiera pie a sospechas, era leída calladamente por el pueblo a lo largo del país.

Con todo el peso de un pueblo firme, al régimen no le quedó otro remedio que aprobar la ley que los excarcelaba. Aun así, se incluyó una enmienda que indultaba a elementos del ejército batistiano cuyos crímenes Fidel había denunciado en el juicio del Moncada en octubre de 1953. Pese a todo, Fidel y el resto de los combatientes pudieron salir airosos el 15 de mayo, en pos de cimentar —con más fuerzas todavía— los ideales que conducirían a la libertad.

Cuando Fidel escribió, en cartas a Melba y Haydée desde el presidio, que “(…) sin movimiento de masas no hay revolución”[2] probablemente avizoraba, como tantas veces hizo, el destino de la Cuba revolucionaria y el papel fundamental que siempre desempeñaría el pueblo en ello; pero lo que tal vez aún no había concientizado del todo, era la magnitud de la compenetración y complicidad que había adquirido ese pueblo para con la identidad de los principios revolucionarios, y la relevancia y aceptación que ya tenía su conducción para con las masas.

Eso quedaría patentizado cuando —luego de pasar por Nueva Gerona, llegar a territorio de Batabanó y trasladarse a la capital en tren— la multitud lo recibiera con júbilo inmenso y le fuera imposible bajar por la escalerilla de la puerta.
Fidel fue sacado por la ventanilla al andén en los hombros del pueblo. A estas alturas, su papel como líder indiscutible dentro del programa de liberación nacional ya era irreba­tible.

[1] En Rodríguez, Diego Molina, “Las ideas quebraron los barrotes”, Periódico Granma, 13-5-2000. Anécdota referida por Pedro Miret Prieto respecto a la excarcelación de los moncadistas.
[2] Véase Rojas, Marta: “La salida de prisión de los Moncadistas: Victoria Popular”, Periódico Granma.

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