Democracia, disidencia y participación política en Cuba

miércoles, 5 de marzo de 2014, via Capítulo Cubano

Por Alex Guevara (Capítulo Cubano) y Oscar Figueredo Reinaldo (Capítulo Cubano)

Hablar de la participación política en Cuba y sobre todo analizar si es o no democrático el actual sistema crea siempre una nube de especulaciones y despierta viejas querellas aún lejos de resolver. Sobre todo cuando, según el punto de vista promovido por las principales potencias capitalistas, el pluripartidismo es considerado como la garantía óptima para que una sociedad funcione democráticamente.

A lo largo de la historia, los sistemas socioeconómicos dominantes —esclavismo, feudalismo, capitalismo— han implementado mecanismos más o menos visibles para impedir su reemplazo por otro sistema. Por ello, en los países capitalistas actuales es muy difícil que un partido de orientación socialista tome el poder por la vía electoral y, cuando esto sucede, es casi imposible que lleve adelante un proceso de construcción del socialismo dentro de la llamada “democracia burguesa”.

En este contexto, el pluripartidismo es una construcción ideológica diseñada para dividir y desmovilizar a los ciudadanos mientras se crea en ellos una ilusión de que, al votar por un partido, están ejerciendo el poder. Los principales partidos responden a la lógica del gran capital, que los financia y existe un consenso entre ellos sobre el mantenimiento del sistema capitalista. Es como si existiera un Partido Capitalista Único y, dentro de este, varias corrientes que se distinguen por argumentos secundarios o por sus patrocinadores. Entonces, los ciudadanos que se toman el trabajo de votar realmente eligen a un grupo de corporaciones sobre otro —Pepsi-Cola sobre Coca-Cola— y no vuelven a ver el “poder” hasta las próximas elecciones.

Los partidos que aspiran llegar al socialismo bajo estas reglas enfrentan constantemente el temor de que, al perder una elección, años o décadas de construcción de una nueva sociedad se desvanezcan en el aire. Más si se tiene en cuenta que las diferencias entre las propuestas capitalista y socialista son esenciales y que, por tanto, un país donde ambas tendencias se alternen periódicamente en el poder no llegará a ningún lado.

El actual sistema político cubano se construyó sobre el consenso de la mayor parte de la sociedad cubana. Este consenso, expresado en la Constitución de 1976 y en su reforma del 2002, significa la aceptación del carácter irrevocable de la transición al socialismo en Cuba.

La irrevocabilidad del socialismo no implica per se que exista un solo partido político; pero de haber varios, todos tendrían que ser socialistas. La seguridad que supone no tener un partido capitalista que vaya a “arruinarlo todo” si toma el poder permite a la dirección del país hacer planes de desarrollo a largo plazo.

Además, el primer y mayor peligro de un partido antisistema sería la injerencia extranjera. El gobierno de Estados Unidos, junto a varios elementos de la ultraderecha internacional, hace décadas lleva adelante un programa de apoyo a la “disidencia cubana” con el fin de provocar una “transición al capitalismo” en la Isla y para ello destina anualmente varios millones de dólares.

Usualmente se piensa que el sistema político cubano es unipartidista, donde sólo es legal el Partido Comunista de Cuba (PCC). El PCC, si bien es una organización política, no es un partido en la concepción burguesa del término. Representa el consenso sobre el carácter socialista de la Revolución; pero su tarea no es postular, ni influir directa o indirectamente en la elección de los cargos gubernamentales, ni interferir su gestión diaria. Y cuando lo ha hecho ha estado mal. Su rol es la dirección estratégica de la sociedad —como se hizo con los Lineamientos— y su guía ideológica. Por tanto, en rigor, Cuba sería un país “nopartidista”.

Sin embargo, los defensores del pluripartidismo parecen acertar en la imposibilidad de que todos los miembros de la sociedad tengan idénticas visiones sobre los asuntos políticos, sociales y económicos de la nación. Entonces, en un país como Cuba, ¿cómo se puede garantizar el pluralismo sin caer en el pluripartidismo? Supongamos que un ciudadano, defensor del socialismo, está en desacuerdo con una decisión gubernamental o una norma jurídica específica. Digamos, por ejemplo, que se opone a algunos aspectos de la Ley Electoral y quisiera enmendarla. ¿Cómo esa persona puede movilizar a otros ciudadanos en su apoyo? ¿Cómo puede convencerlos de su posición? ¿Cómo puede reunir 10000 firmas sin crear algún tipo de organización—entendida como un grupo de personas que comparten un objetivo común—? Y, sobre todo, ¿cómo hacer esto sin despertar las suspicacias de los órganos de la Seguridad del Estado y sin ser acusado de intentar lacerar la “sacrosanta” unidad del pueblo cubano?

Sin dudas, lograr la participación real de todos los ciudadanos que desean el socialismo en la vida política del país es un gran reto —y sobre esto hablaremos en el próximo post—; pero es un desafío aun mayor definir qué formas de actividad política se pueden reconocer a quienes piensan que el desarrollo en Cuba solo puede alcanzarse mediante la implementación de una economía de mercado. Estas personas, que no quieren modificar una ley o una decisión del gobierno sino cambiar por completo el sistema socioeconómico del país, defienden que con el capitalismo se preservará la independencia y se alcanzarán niveles de libertad individual y de justicia social superiores a los que pudieran alcanzarse en el socialismo.

Al respecto, la ley es clara. La Constitución advierte que la libertad de palabra, prensa y creación artística, así como los derechos de reunión, manifestación y asociación no pueden ir contra la existencia y fines del Estado socialista. Aclara más adelante que la infracción de este principio es punible. Por tanto, actualmente esas personas no tienen cabida en el sistema político cubano.

Sin embargo, en la práctica, las autoridades cubanas asumen una posición ambigua ante las manifestaciones de los “disidentes”. Obstaculizan sus actividades y les organizan mítines de repudio; pero hace años que no toman medidas legales más serias, que estarían en consonancia con lo establecido en la Constitución.

Creemos que es absurdo evitar que los “opositores” se expresen y se reúnan. Están en su derecho ¿Que hay que cambiar eso en la Constitución? Quizás. Pero aun cuando la Carta Magna se reformara y se garantizaran sin condiciones las libertades de expresión y asociación, estos defensores del capitalismo nos preguntarían: ¿Para qué protestamos, para qué nos reunimos, si la Constitución dice que el socialismo es irrevocable?

Y esto que vamos a decir puede disgustar a algunos; pero está mal pensar que la confianza que el pueblo cubano depositó en la Revolución hace 12 años al votar por la irrevocabilidad del socialismo es y será eterna. La sociedad cubana del 2014 es bien diferente a la del 2002. Aunque creemos que aún se mantiene el apoyo mayoritario de los ciudadanos al proceso revolucionario, pensamos que un consenso tan serio como este tiene que relegitimarse cada cierto tiempo mediante referendo popular. La Constitución pudiera proponer un plazo —quizás 10 o 15 años— al término del cual el pueblo hiciera un balance y reafirmara —o no— su decisión de continuar la vía socialista.

Alguien podría decir que esta idea es subversiva, que esto es lo que quieren los imperialistas para dividirnos o debilitarnos, que este no es el momento adecuado para proponer algo así; pero tenemos la convicción de ningún sistema, ni siquiera el socialismo, tiene derecho a eternizarse contra la voluntad de la mayoría. ¿Acaso los revolucionarios no estamos lo suficientemente convencidos de la superioridad de nuestro sistema? Demostrémosla ¿Acaso tenemos miedo al debate ideológico?

Con esta propuesta, los líderes de la Revolución tendrían tiempo para planificar el desarrollo del país sin la inestabilidad política que enfrentan gobiernos progresistas de la región como los de Ecuador, Bolivia o Venezuela; pero a la vez asumirían el reto de mantener la confianza de los ciudadanos en la viabilidad del socialismo en el largo plazo.

En ese escenario la denominada “oposición” cubana tendría un reto bien grande por delante: hacer que el pueblo vote “NO”. Pero la “disidencia” enfrenta grandes problemas. Carece de una base popular. Sus probados vínculos con gobiernos de potencias extranjeras, de las que recibe jugosas sumas de dinero, provoca el desprecio de gran parte de los cubanos. ¿Y qué intereses, qué proyecto de país defendería nuestra “oposición”, pagada en euros y dólares, si llegase al poder?

Por eso, en una situación como la que describimos, la ley debe combatir con fuerza el mercenarismo. Los nacionales de un Estado que reciben pagos de una potencia extranjera para derrocar el gobierno de su propio país y reemplazarlo por otro que responda a los intereses de la potencia son mercenarios y delincuentes en Cuba, en EE.UU. y en cualquier parte del mundo. ¡Que traten de ganar el referendo con el apoyo interno y no con el que viene de afuera en paquetes de regalo!

Dicen que, para bien o para mal, los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Si la Revolución socialista se ha mantenido en el poder por más de 50 años es porque así lo ha querido la mayoría del pueblo cubano; pero creemos que la minoría que “diside” también tiene derecho a un espacio. Ante el desafío de reconocer la existencia de una oposición política, la tarea de todos los revolucionarios —y no solo de los dirigentes del gobierno y los cuadros del PCC— será demostrar, con palabras pero principalmente con hechos, que el socialismo es el camino.

Júri da Consciência

Eventos

Publicações

FacebookTwitterLinkedinRSS Feed

Apoiadores

Desenvolvido por Eagle - Tecnologia e Design